El falso dilema del hemiciclo: mucho ruido y ninguna solución

¿Recuerdan aquello que se le atribuye a Bismarck sobre España?

“La nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo”

Qué espectáculo el de ayer en el Congreso de los Diputados. Grandioso en su vacuidad. Qué elocuencia al servicio de la nada, qué manera de explayarse en la ya endémica y estéril dialéctica del «y tú más». Fue, sencillamente, desolador. Vergonzoso.

Apenas 24 horas antes, un millón de personas habían tomado las calles para evidenciar un hartazgo incontestable. Sin embargo, en la tribuna, en el día en que comparecían todas las formaciones políticas junto al Gobierno, reinó el vacío. Ni un solo partido, ni uno solo, fue capaz de poner sobre la mesa un plan creíble, insisto; creíble, sobre extranjería, asilo y reforma del Código Penal. Una propuesta seria que conjugue tres ejes que no deberían ser excluyentes: la salvaguarda de la soberanía territorial, el alivio de la presión migratoria y la defensa inquebrantable de los derechos humanos.

En este páramo de propuestas brilló, a su manera, Gabriel Rufián. Confieso mi sincera admiración por sus dotes parlamentarias. Jamás coincidiré con sus postulados ideológicos, pero esa oratoria y ese aplomo poseen un magnetismo innegable. Es el perfil de adversario con el que uno podría debatir durante horas, discrepando en absolutamente todo, pero sabiendo que la educación y el respeto mutuo prevalecen sobre las contingencias políticas. Llegó a la tribuna, advirtió del «problemón» (tiene nombre y empieza por M y apellido y empieza por R)  y  recordó que los ciudadanos no somos autómatas con engranajes en la cabeza. Pero tampoco trajo soluciones. En su lugar, como el hábil político que es, desplegó sobre el atril la herramienta estrella de la política contemporánea: el falso dilema.

Ese falso dilema, que nunca falta en ningún mitin, es un error de razonamiento que reduce realidades complejas a dos únicas opciones, silenciando de un plumazo cualquier alternativa válida. Es el salvavidas al que se aferran los políticos en tiempos de desesperación ciudadana. Nos obligan a elegir: azul o rojo, derecha o izquierda, conmigo o contra mí. Todo forma parte de una estrategia fríamente calculada.

Si a esta manipulación le sumamos el carácter históricamente fatalista de nuestro país, esa tendencia tan nuestra a llevarlo todo al límite y dejarnos arrastrar por la sangre caliente, el resultado es una sociedad asfixiada por los extremismos. La polarización ha calado tan hondo que hemos asumido falsas contradicciones. Hoy, un alto porcentaje de la población cree que defender a tu patria y exigir fronteras seguras te convierte automáticamente en un racista, en un xenófobo, en un «facha». En el otro extremo, abogar por el respeto a los derechos humanos parece incompatible con el orgullo de ser español, colgándote de inmediato la etiqueta de «rojo».

Permítanme decirles algo que las siglas políticas nunca admitirán: hay más opciones.

Existe una inmensa mayoría de españoles orgullosos de su país que exigen orden en sus fronteras y, al mismo tiempo, reivindican la dignidad y los derechos de quienes migran. Españoles que claman por el civismo y rechazan categóricamente a quienes vienen a quebrar la convivencia. Ciudadanos que no toleran la degradación de los espacios públicos, la crueldad animal injustificada o las agresiones sexuales más atroces contra mujeres y niñas. A algunos les parecerá un discurso duro, pero la realidad es que una inmensa parte de la ciudadanía se niega, con toda legitimidad, a convivir con la barbarie.

Cuando la gestión de lo público se deja a la deriva, en manos de quienes han hecho del delito o la amnistía su moneda de cambio, o de quienes parecen haber perdido el norte institucional, las consecuencias son devastadoras. Acabamos educando a las nuevas generaciones en el resentimiento, la envidia y la confusión moral.

El desgaste ciudadano es palpable y la desesperación va en aumento. Se están normalizando las agresiones. Es una locura. Una demencia social. Y cuando ni el Gobierno ni la oposición son capaces de ofrecer un horizonte de certidumbre que mitigue esa angustia, se abre de par en par la brecha del radicalismo. Se impone el pensamiento de túnel.

No seré yo quien le dicte a nadie cómo debe pensar o expresarse. Pero desde estas líneas asumo el deber de lanzar un ruego urgente: despertemos. No permitamos que nos conviertan en una generación anestesiada por sus falsos dilemas. Al final del día, el verdadero poder sigue siendo nuestro. Nosotros somos más, muchos más.

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